Aquí os envío el relato de Ana de las Heras que estuvo trabajando como voluntaria en el Proyecto Amwan en Bodhgaya este pasado mes de Marzo/Abril.

EN PRIMERA PERSONA

¡Antes de subir al avión, sonó mi teléfono por última vez. Era
Cati, una amiga de mi madre que había estado en India y quería despedirse de
mí. Todavía recuerdo su frase: “Lo vas a pasar fatal, pero piensa que te va a
servir para darte cuenta de la suerte que tienes”. Tenía razón, tengo que
reconocer que hubo momentos duros, muy duros, porque no es fácil entender una
sociedad con un sistema de castas en el que se tratan peor que si fueran
animales, en el que la figura de la mujer está ninguneada y la infancia de los
niños se acaba al poco tiempo de empezar a caminar porque desde muy pequeños
les toca trabajar y hacer vida de adultos… Pero también tengo que decir que
fue maravilloso descubrir la felicidad plena en un lugar en el que todo es
picante (y no solo me refiero a la comida). En India todo es picante porque
escuece. Todos los días te encuentras con situaciones que huyen de tu lógica
occidental y despiertan una extraña emoción que te gustaría guardar en un lugar
seguro, en una especie de caja de Pandora que abrir a la vuelta para que todo
tu entorno también se contagiara de la gran lección que este viaje te ha
regalado: “darte cuenta de la suerte que tienes”.

La aldea de Amwan se sitúa a unos 4 kilómetros de Bodhgaya,
una ciudad al noroeste de India que pertenece al estado de Bihar. Se trata de
una de las zonas mas empobrecidas del país, que cuenta con el índice de
alfabetización y la renta per cápita mas baja de India. La mayoría de la
población trabaja en asuntos relacionados con la agricultura puesto que no
existe ningún tipo de industria. Una minoría se dedica a las actividades
derivadas del turismo, ya que, Bodhgaya es una ciudad de peregrinaje budista.
Un lugar Santo para el Budismo porque según su Credo, allí alcanzó la
iluminación el príncipe Siddharta, quien habría de convertirse en Buda.
Y en esta pequeña aldea llamada
Amwan es donde la ONG Akshy ha puesto en marcha una escuela para ocuparse de la
educación, nutrición y salud de los niños de la casta mas baja de India, los
llamados Dalits o Intocables.
Según las creencias tradicionales del Hinduismo, cada ser
humano se creo a partir de distintas partes del cuerpo de la divinidad de
Purusha, de manera que la parte del cuerpo originaria determina el estatus
social de cada persona y aspectos como con quién debe casarse o qué trabajo
puede realizar. Históricamente los dalits han sido marginados por considerar
que no procedían del cuerpo de Purusha y eso les dejaba fuera del sistema de
castas. El aislamiento por parte del resto de la comunidad llegaba hasta el
punto de que las personas que formaban parte de las castas mas altas evitaban
el contacto con sus sombras por considerarlos impuros. En la actualidad, a
pesar de que la Constitución india prohíbe el sistema de castas, en las zonas
rurales y en la esfera privada sigue existiendo una discriminación atroz contra
los llamados intocables.
Mi llegada a la escuela se produjo en una de las
celebraciones mas importantes para el Hinduísmo: Holi. Es conocida como la
fiesta de los colores, una ocasión para quemar lo viejo, pedir perdón y visitar
las casas de familiares y amigos para compartir comida y polvos de colores. A
los alumnos les resulto muy curioso que fuera mi primer Holi y celebrarlo con
ellos fue muy divertido.
Pero no todo va a ser hablar de
fiestas… Durante mi estancia en la escuela me encargué de llevar a cabo un
taller de educación ambiental para los alumnos, así como otros talleres
educativos. También eché una mano en tareas administrativas.
Enseñar educación ambiental en
India, al menos en esta región, es complicado porque se trata de un lugar en el
que, por ejemplo, no existe un sistema de recogida de basura y el agua se
obtiene directamente de pozos subterráneos, de manera que al ser gratis se
considera un recurso ilimitado y no se le da ningún valor a pesar de que en los
últimos años determinadas regiones del país (entre ellas Gaya) han sufrido
fuertes sequías y restricciones de agua.
Durante los talleres se trataron temas como la importancia de
preservar y conservar el agua; la interconectividad entre los seres vivos y los
ciclos de la naturaleza; la acción humana sobre el medio ambiente; la
importancia de separar y quemar los residuos; y los problemas sanitarios.
Los alumnos de la escuela
aprendieron y se divirtieron un montón durante los talleres… Unas clases que
no hubieran sido posibles sin la ayuda de sus profesores, ya que, eran ellos
los que se encargaban de traducir mis explicaciones de inglés a hindi cuando
era necesario. Aunque en muchas ocasiones, sobre todo durante los ratos de
juego, el lenguaje de los gestos era capaz de saltarse las barreras de tener
idiomas distintos.
Creo que es importante decir que los talleres de educación
ambiental no van a quedar en saco roto. Las personas que se encargan de la dirección
de la escuela han decidido integrar este tema en su programa educativo, de
manera que además de actividades que ya realizan, como una batida semanal para
limpiar el entorno de la escuela o encargar a los alumnos el cuidado del jardín
(supervisados por el personal de la escuela). Van a dedicar al menos un sábado
al mes a desarrollar actividades que tengan que ver con la importancia y el
cuidado del medio ambiente.
Y hasta aquí el resumen de lo “profesional” porque quizás te
apetezca conocer un poco mas sobre las sonrisas de las fotos que acompañan a
este texto… Los niños en la escuela son absolutamente felices y sonríen todo
el tiempo porque en realidad es en el único lugar en el que hacen vida de
niños. En la escuela de Akshy son admitidos cuando tienen una edad aproximada
de cinco años. Y digo aproximada porque los padres no tienen ni la menor idea
de cuántos años tienen sus hijos, eso los que tienen padres… Estos niños son
capaces de levantarse solos, vestirse solos e ir a la escuela porque ellos
quieren. En muchos casos la situación de analfabetismo de sus padres es tal que
para que muestren un mínimo de atención hay que, por ejemplo, “penalizarles”
con el pago de diez rupias (unos diez céntimos de euro) si el niño no va a la
escuela y no avisan del motivo. Pero tampoco hay que buscar culpabilidad en los
padres. La situación normal es que tengan muchos hijos y muy seguidos, por lo
que las madres se suelen encargar de su cuidado (especialmente de los bebés
porque cuando empiezan a caminar son las hermanas mayores quienes se ocupan de
los hermanos pequeños) y de las tareas del hogar: cocinar, limpiar, acarrear
leña desde el otro lado del río, labores agrícolas, etc. Los padres trabajan
fuera de casa, por ejemplo, como conductores de rishaw o en el campo como
jornaleros bajo un calor asfixiante y sin ningún tipo de herramienta mecánica.
Son trabajos muy duros y al llegar a casa el dolor físico que sienten es tan
fuerte que toman alcohol para aliviarlo, como si fuera una “medicina” para
poder dormir. Y aquí comienza un nuevo drama porque muchos de los padres
(también algunas mujeres) son alcohólicos. Hay casos en los que el problema se
agrava hasta llegar al maltrato y muchas madres están demacradas y hartas de
sufrir palizas. Incluso algunos niños se asustan o hacen amago de ponerse las
manos sobre la cabeza cuando un adulto levanta el brazo. Claro, en su casa, los
adultos no levantan el brazo para abrazarles, ni para jugar… Por eso decía al
principio que en India todo es picante, porque hay situaciones que escuecen
demasiado. Momentos en los que toca respirar profundo para tragarte las
lágrimas y asumir que tú no puedes controlarlo todo.
Experiencias como esta te enseñan lo pequeños y grandes que
somos los seres humanos, y la suerte que tenemos de haber nacido al otro lado
del mundo. Lecciones que te regalan personas como Nirmala, una niña a la que vi
llorar porque con trece años y unas notas brillantes tenía que dejar la escuela
para casarse. Nunca se me va a olvidar cómo se secaba las lágrimas con su
dupata. Nirmala no lo sabe, pero ella me enseñó que nunca debo dejar de luchar
por aquello que quiera hacer, que nunca debo dejar de esforzarme por conseguir
aquello en lo que creo, porque yo, si tengo la libertad de elegir.
Y entonces llega el momento de regresar a tu parte del mundo,
una zona con renta per cápita e índices de alfabetización mas altos. Una zona
en la que no deja de escucharse la palabra “crisis” sin que nadie se dé cuenta
de que somos torpes al dejarnos llevar por lo material y permitir que nos
atrape el tiempo… Te vas con exceso de equipaje por las miles de sonrisas que
te han regalado durante tu estancia en la escuela y con ganas de volver a
convivir con ellos. Te vas, con la satisfacción del deber cumplido y la paz
interior que te da hacer algo por los demás y olvidarte de tu ego por un
tiempo… Y sobre todo, te vas, con la sensación de que estos niños tienen
mucha suerte de que Akshy se haya cruzado en su vida porque gracias a esta ONG
no solo pueden comer saludable una vez al día, o tener atención médica, o
aprender a leer y escribir… No solo es eso, estos niños son capaces de hablar
en público, de mirar a la cara a los demás, de sentirse dignos. Y han recibido
valores que les permiten diferenciar lo que está bien de lo que no, saber y
practicar la humildad, la generosidad, el respeto a los demás… valores que en
su casa jamás hubieran recibido porque, ojalá, y el analfabetismo significara
simplemente no saber leer, ni escribir.
De mi no he contado nada, ni tampoco voy a contar mucho…
Supongo que os basta con saber que yo también tuve la suerte de que Akshy se
cruzara en mi vida. Conocí la ONG a través de Internet y tras un intercambio de
correos decidí preparar el proyecto e irme de voluntaria con ellos. Soy licenciada
en biología, de ahí que los talleres fueran sobre el medio ambiente, y hace un
par de años decidí “colgar las botas y la bata” para estudiar periodismo, de
ahí mi conexión con la Universidad Carlos III.
La experiencia ha merecido tanto
la pena que es difícil ponerle palabras. Decía Madre Teresa: “A veces sentimos
que lo que hacemos es una gota de agua en el mar, pero el mar sería menos si le
faltara una gota”… ¡Lección aprendida!, muchas gracias.
Ana De las Heras. 
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